El piar matinal de los pájaros parecía insípido a Françoise. Cada palabra de las « criadas » la sobresaltaba ; hacía cábalas sobre todos sus pasos, que la incomodaban ; es que nos habíamos mudado. Cierto es que los sirvientes no se movían menos en el « sexto » de nuestra antigua morada, pero los conocía ; sus idas y venidas habian llegado a ser amistosas para ella. Ahora prestaba al silencio mismo una atencíon dolorosa y, como nuestro nuevo barrio parecía tan apacible como ruidoso era el bulevar al que había dado nuestra vivienda, la canción – clara incluso de lejos, cuando era débil como un motivo de orquesta – de un hombre que pasaba hacía saltar las lágrimas a Françoise en el exilio. Por eso, si bien yo me había burlado de ella, que – desconsolada por tener que abandonar un inmueble en el que « todos nos apreciaban tanto » – había hecho las maletas llorando, conforme a los ritos de Combray, mientras declaraba superior a todas las casas posibles la que había sido la nuestra, yo, en cambio, que asimilaba las cosas nuevas con tanta dificultad como facilidad tenía para abandonar las antiguas, me sentí próximo a nuestra anciana sirviente, cuando vi que la instalación en una casa en la que no había recibido del portero, quien aun no nos conocía, las señales de consideración necesarias para su buena nutrición moral, la había sumido en un estado próximo al abatimiento. Sólo ella podía comprenderme ; un joven lacayo no lo habría hecho, desde luego ; para él, que no podía ser menos de Combray, instalarse y vivir en otro barrio era como irse de vacaciones, en las que la novedad del ambiente infundía la misma quietud que haber viajado ; se creía en el campo y un catarro nasal le dio – como una « corriente de aire » recibida en un vagón cuyo cristal cerrara mal – la deliciosa impresión de haber visto mundo ; a cada estornudo, se alegraba de haber encontrado un lugar tan agradable, pues siempre había deseado tener señores que viajaran mucho. Por eso, sin ocuparme de él, me dirigí derecho a Françoise ; como con motivo de una separación que me había dejado indiferente me habia yo reído de sus lágrimas, se mostró glacial para con mi tristeza, porque la compartía. El egoísmo de los nerviosos crece junto con su supuesta « sensibilidad » : no pueden soportar le exhibición por parte de los demás de inquietudes a las que ellos prestan en sí mismos cada vez mayor atención. Françoise, quien no dejaba pasar ni la más ligera de las que experimentaba, apartaba la cara – si yo sufría – para que no tuviese el placer de ver mi sufrimiento compadecido ni advertido siquiera. Lo mismo hizo, en cuanto quise hablarle de nuestra nueva casa. Por lo demás, como al cabo de dos días Françoise había tenido que ir a buscar ropa olvidada en la que acabábamos de abandonar, mientras yo tenía aún, a consecuencia de la mudanza, « temperatura » y me sentía – semejante a una boa que acaba de tragar un buey – penosamente bollado por un largo bargueño que mi vista debía « digerir », volvió diciendo – con la infidelidad de la mujeres – que había creído asfixiarse en nuestro antiguo bulevar, que, para dirigirse a él, se había sentido del todo « descaminada », que nunca había visto escaleras tan incómodas, que no volvería a vivir allí « ni por un imperio » y aunque le dieran millones – hipótesis gratuitas – y que todo – es decir, lo relativo a la cocina y los pasillos – estaba mucho mejor « dispuesto » en nuestra nueva casa. Ahora bien, ya es hora de decir que nuestro piso – y habíamos ido a vivir en él porque mi abuela, que no andaba demasiado bien de salud, necesitaba aire puro – era una dependencia del palacete de Guermantes.